Las bibliotecas públicas y la pandemia de la Covid-19. Una reflexión crítica


« Si no eres parte de la solución,  eres parte del problema. Y si no eres ninguna de las dos cosas, entonces eres parte del paisaje »

Proverbio chino

Llegó el momento de posicionarse. Según un proverbio chino «Si no eres parte de la solución, eres parte del problema. Y si no eres ninguna de las dos cosas, entonces eres parte del paisaje». Ante la pandemia del Covid-19, ¿dónde se sitúa la biblioteca pública?

¿Con las iniciativas de transformación social orientadas a la comunidad, para y con las personas más vulnerables; un espacio subversivo, crítico y accesible, que fomente la cultura participativa, la creación colectiva, las relaciones horizontales?

¿Con la cultura hegemónica que lubrica un modelo económico y social basado en la lógica de la explotación, la acumulación, la represión; que nos empuja no sólo a una crisis sanitaria; también ecológica, climática, económica, social, de cuidados?

¿O escondida tras la burbuja de la neutralidad, engordando el ego en las redes sociales y mirando para otro lado, alimentando la servidumbre y la pasividad, rezando para que el conflicto social no llegue a los pies de tu mostrador y perturbe el silencio de tu biblioteca?

Solución. Problema. Paisaje. ¿Dónde te sitúas?

Pandemia y Estado de Alarma

La pandemia de la Covid-19 nos ha pillado por sorpresa. Pasado el mes de confinamiento, parece que disminuye el estado de shock, sin llegar a despejarse la incertidumbre por el futuro a corto y medio plazo. El sistema sanitario hace equilibrios al borde del colapso, mientras crece el número de personas infectadas y muertas; y aparecen versiones encontradas por la mal disimulada escasez de suministros, dejando al descubierto las consecuencias de los recortes realizados durante la crisis financiera anterior. El capitalismo está mostrando su cara más amarga, aquella que tan bien conocen en otras latitudes y ahora nos escupe a la cara: el beneficio económico no tiene por qué ser compatible con la protección de la vida. Sobre todo si se trata de la vida de personas que resultan prescindibles para el sistema económico.

El Estado de alarma se va prorrogando con medidas que se balancean entre la garantía de la salud o de la defensa de la economía. Los ERTOS se multiplican, así como las familias sin ingresos ni previsión de tenerlos. La hipérbole informativa parece destinada a generar el pánico colectivo, a normalizar el uso del ‘estado de excepción como paradigma normal de gobierno[1], y a justificar el control social mediante un discurso militarizado en el que se habla de ‘guerra’, de ‘enemigo’, de ‘disciplina’, de ‘soldados’. Expresiones bastante alejadas de un relato basado en los cuidados y la solidaridad, que deberían ser extrañas para la democracia y la cultura, pero que en una coyuntura de miedo refuerzan el ansia de seguridad y de servidumbre hacia la autoridad, mientras se despliegan y normalizan herramientas tecnológicas de control social como la geolocalización o el uso de drones. Se responsabiliza a la ciudadanía de los estragos de la pandemia en un intento de mantenerla confinada, mientras resurgen actitudes fascistas como el chivateo de balcón, o la cohesión socio-patriótica alrededor de unos aplausos que, aunque surgieran para mostrar apoyo al personal sanitario, han ido derivando hacia el blanqueamiento de la imagen las fuerzas de seguridad, al mismo tiempo que se ha ido sabiendo de sus excesos.

El mundo de la cultura, de composición tan desigual, navega entre el desasosiego de las trabajadoras autónomas y precarias y el oportunismo de los grandes grupos que están desplegando su poderoso marketing para recoger las ganancias asociadas al comercio electrónico de una cultura cada vez más virtual, homogénea y despersonalizada. Y en medio de todo esto…

¿Qué hay de las bibliotecas públicas?

En estos días de incertidumbre y cuarentena, después de decretar el cierre y suspensión de actividades presenciales, muchas bibliotecas públicas han multiplicado sus iniciativas para proporcionar a la población un entretenimiento cultural durante el confinamiento: recomendaciones virtuales, acceso en línea a colecciones digitales, difusión de espectáculos artísticos confinados…

También se han desarrollado acciones que promueven el acceso a información oficial sobre la evolución de la pandemia; y otras que intentan reducir la brecha digital formando a la población para que pueda llegar tanto a información fiable, a espacios virtuales de comunicación, como a contenidos culturales accesibles. Oportunas han sido aquellas propuestas que han intentado romper el aislamiento y la soledad de personas mayores mediante la interacción telefónica con simples llamadas o la lectura de libros. Hay que destacar cómo las bibliotecas makers que se han volcado a fabricar elementos de mascarillas y viseras para proporcionar EPIs al personal sanitario. Quizás sean las menos, pero a efectos prácticos, se podría decir que seguramente la biblioteca como centro maker esté salvando más vidas que el hecho de disponer entre sus fondos a los clásicos de la literatura universal.

Así pues, ¿qué primera valoración se puede hacer de cómo están encarando las bibliotecas públicas la emergencia sanitaria provocada por la Covid-19? Habría que empezar señalando que el impacto de la pandemia ha generado una realidad compleja en múltiples aspectos: desde lo sanitario (angustia y estrés, cuando no directamente infección y enfermedad), a lo profesional (realización de teletrabajo sin formación y/o condiciones laborales adecuadas  de espacio, hardware o software, conexión estable), pasando por lo social (restricción de movilidad por confinamiento o cuarentena, disminución de ingresos en muchos hogares), o lo personal (asunción de responsabilidades familiares, infecciones o defunciones por Covid-19 entre personas del entorno inmediato); de la que el personal bibliotecario no ha estado al margen.

Quizás se demasiado pronto para hacer cualquier valoración completa de la respuesta bibliotecaria a la Covid-19. Y de hacerla, podríamos entonar un discurso optimista y felicitarnos por todas aquellas acciones que se han puesto en marcha, y aquellas que hoy se están diseñando, desde la honestidad y la voluntad de sumar esfuerzos para ‘frenar la curva’ y ‘salir de esta’. Pero, ¿a qué personas se está llegando con este tipo de acciones?, ¿cómo se está proporcionando acceso a la información y la cultura a aquella población sin habilidades digitales, sin conexión a internet, sin dispositivos para disfrutarla?, ¿no se la está dejando atrás?

Y ¿por qué esa falta de reacción para incidir en la realidad de los más desfavorecidos en una situación de emergencia? Seguramente porque el peso burocrático de la Administración es demasiado grande, y el vínculo con la comunidad demasiado ligero. Esta incapacidad que le atribuimos, ¿viene provocada por la pandemia o es anterior? Como mínimo cabe preguntarse qué resulta de las bibliotecas públicas cuándo se las desnuda de sus servicios presenciales, de su categoría espacial de Tercer lugar, del trato directo del personal con las personas usuarias, de la oferta de sus fondos en distintos formatos. ¿Pueden ir más allá de ser una carcasa cultural, un escaparate del modelo de cultura basado en el marketing y el beneficio?, o ¿son víctimas de su propia inercia autocomplaciente y de una capacidad de impacto moderado en su entorno? Expliquémonos.

La biblioteca pública no es neutral, es ideológica y social

Desde hace tiempo la biblioteca pública se debate entre diferentes concepciones que se definen por su interacción con el entorno al que dirige sus servicios bibliotecarios. Seguramente los extremos de esos conceptos no existan; y las bibliotecas, y las ideas de las personas que las mueven, se sitúen en una infinita paleta de posiciones intermedias. Cada cual es libre de elegir su sitio, el rincón dónde le gustaría estar y en qué arena se bate el cobre.

Si consideramos que ‘no hay nada que no sea político’[2], ¿podemos defender que la biblioteca también es política?, y yendo más allá, ¿podemos concluir que cada idea que desarrolla el quehacer bibliotecario lleva implícita una ideología, una manera de ver el mundo y de relacionarse con él? Entonces, ¿somos capaces de reconocer que nuestra posición nunca será neutral, porque el entorno no lo es, porque cada factor que incide en la biblioteca tampoco, y porque cada iniciativa destinada a intervenir en ese entorno no puede serlo, ya sea por acción o por omisión?

Partiendo de la falsa creencia que la biblioteca pública es ‘neutral’, se promueve una biblioteca acrítica y conformista, acomodada y sumisa, adaptada y servil al statu quo y al discurso hegemónico neoliberal, tanto desde el punto de vista cultural, como social y económico. Hasta cierto punto es comprensible, en su mayoría responde a los intereses de la Administración pública, con su propia agenda cultural, correa de transmisión del sistema imperante, que promueve desigualdades, individualismo y competitividad de forma general; y suda asistencialismo, aporofobia y exclusión, de manera particular. La supeditación de las estrategias bibliotecarias a los réditos políticos de turno, la jerarquización de la toma de decisiones, los egos e intereses derivados de las carreras profesionales, la precarización de condiciones laborales… hacen el resto. Y eso se recubre de un discurso elitista entorno a la erudición y la cultura. Este tipo de biblioteca pública no puede ser neutral. ¿La mueve una ideología?, sin duda. Aunque personalmente no nos seduzca, ¿es legítimo posicionarse desde esas coordenadas bibliotecarias?

¿Es igual de legítimo alinearse con la ‘mal llamada’ biblioteca social, que promueve una visión crítica del entorno, incorpora un espíritu de subversión del estado de las cosas, y despliega objetivos de emancipación desde postulados antiautoritarios? Aunque sean minoría, ya que las políticas culturales oficiales van en otra dirección, o porque directamente no forman parte del entramado institucional, a estas bibliotecas no les favorece la jerarquización y la burocracia administrativa, ni la espectacularización y la urgencia de los réditos políticos y personales que no permiten trabajar a largo plazo para tener una incidencia real. Si creemos en la justicia social, ¿por qué no incorporar acciones destinadas a incidir en el entorno en pos de la transformación e intentar revertir las desigualdades? Idear un espacio subversivo, accesible, que cultive la curiosidad, que incite a la participación democrática y a la creación colectiva, que fomente las relaciones horizontales y no rehúya del conflicto, como elemento intrínseco al hecho social. Lógicamente, este tipo de biblioteca pública tampoco es neutral. Y también la mueve una ideología.

Hablamos de ‘mal llamada’ biblioteca social porque, por definición, toda biblioteca pública debería ser social, siempre y cuando cumpla las directrices IFLA/UNESCO: la biblioteca debe proporcionar y facilitar acceso a la información, al conocimiento y la cultura a la comunidad que atiende según sus necesidades e intereses. Así, dependiendo de la realidad socioeconómica y cultural de cada comunidad, y de su posición de proximidad o alejamiento a los círculos de poder que se manejen en el territorio, variaran sus necesidades e intereses; y la biblioteca definirá una planificación estratégica concreta que se desarrollará en unos planes de actuación para articular esa respuesta y alcanzar unos objetivos evaluables y revisables. Puede que en el desempeño de la biblioteca predomine una ideología diferente en cada caso, pero legitimando su misión en dar respuesta a las necesidades de la comunidad. La sensibilidad de la biblioteca para detectar intereses y necesidades del entorno, debe contemplar la compleja pluralidad de la comunidad, e incluir en su estrategia sus antagonismos y sus conflictos internos. ¿Cabe defender una biblioteca pública que no se adapte a la realidad de la comunidad? ¿Existen bibliotecas que trabajen de espaldas a sus comunidades y al margen de las necesidades de estas? Podría ser, pero solamente desde una mala definición de la misión de la biblioteca, de un mal diseño de su estrategia, o desde una mala gestión de sus actuaciones.

Hay que tener en cuenta que entre el personal que gestiona las bibliotecas públicas existe una variada pluralidad ideológica, y que esto inevitablemente influye en cómo se desarrolla su interacción con su entorno. Por ello, el grado de honestidad en el reconocimiento de la propia ideología, y la capacidad de adaptación o no a la estrategia que define a la biblioteca, será un factor clave en la consecución o no de sus objetivos. A lo que hay que sumar cómo influyen las condiciones laborales en las personas.

Por lo tanto, objetivamente, se podría afirmar que toda biblioteca pública es social, y en función de esas necesidades y de sus acciones se posiciona fuera de la neutralidad, teñida de una ideología u otra, legitimada por la sensibilidad ante las necesidades e intereses de la comunidad.

Y, ¿entonces, ahora?

Si lo anterior nos muestra en qué parámetros se pueden estar moviendo las bibliotecas públicas, y cómo se han posicionado, respecto a sus comunidades, antes de la pandemia de la Covid-19. ¿Cuál ha sido su capacidad de reacción cuando se ha precipitado todo? De aquellos polvos estos lodos.

Básicamente, como viene siendo habitual, se han erigido en altavoces de los grandes grupos editoriales y de la cultura hegemónica que sirve de lubricante a un modelo económico y social basado en la lógica de la explotación de las personas y el espolio de la Tierra, en la necesidad de un consumo irreflexivo y la acumulación de bienes, en la invisibilización y represión de la disidencia y del discurso crítico. Una cultura hegemónica que no solamente nos ha empujado a una crisis sanitaria, también lo está haciendo hacia una crisis ecológica, climática, económica, social, y de cuidados. Una cultura de la muerte, basada en conocimientos y saberes privatizados, accesibles según el nivel de renta disponible.

Ahora que, por fin, hemos conseguido traspasar los muros de la biblioteca y salir de ella, ¿ha sido para encerrarnos en sus muros virtuales y caer en la endogamia bibliotecaria? Las bibliotecas no están siendo capaces de generar un espacio de debate crítico, ni de hacer circular información crítica sobre el origen, la gestión ni las consecuencias económicas y sociales, a corto y medio plazo, de la pandemia. No están consiguiendo llegar ni ser útiles a los grupos de población que más las necesitan: personas aisladas, personas sin habilidades digitales, personas sin hogar o pocos recursos.

La cuestión es, ¿qué saben las bibliotecas públicas de las necesidades e intereses de sus las personas usuarias en estos momentos de emergencia sanitaria, de aislamiento social forzado? ¿Qué saben de los grupos de población perdidos en la brecha digital, con falta de dispositivos, sin conexión, sin recursos culturales ni digitales ni analógicos? ¿Qué hace la biblioteca para detectar esas necesidades e intentar darles respuesta?

Hablando en plata, las bibliotecas públicas:

  • ¿Están detectando las necesidades de su comunidad, en particular las informativas, comunicacionales y culturales, de las personas que seguramente más lo necesitan: solas, mayores, sin recursos, sin conectividad? O en su defecto, ¿están generando esos canales?
  • ¿Están asumiendo algún papel en el cuidado de la comunidad, haciendo acompañamiento o participando del cuidado de personas mayores o solas?
  • ¿Están generando lazos y coordinándose con redes de apoyo mutuo locales para ofrecer recursos culturales analógicos a la población más precarizada si no tienen recursos o habilidades para acceder a formatos digitales?
  • ¿Las bibliotecas públicas están siendo capaces de crear contenidos, combatir las fake news o difundir relatos críticos al discurso oficial de la pandemia, cuando este es contradictorio o está manipulado por la propia Administración, por su clase política asociada, o por los medios de comunicación generalistas?
  • ¿Están poniendo a disposición de la comunidad sus aparatos informáticos?
  • ¿Están abriendo sus redes de telecomunicaciones o participando en proyectos de redes abiertas basadas en el modelo de procomún[3]?
  • ¿Están poniendo a trabajar sus impresoras y fotocopiadoras para generar publicaciones donde difundir el relato que la propia comunidad hace sobre la crisis sanitaria y lo que va a venir después?
  • ¿Están colaborando con las radios comunitarias locales, o no comerciales, para crear contenidos informativos o culturales?

Es difícil que las bibliotecas que no orientaron sus planes estratégicos hacia las  comunidades a las que sirven antes de la pandemia, lo hagan ahora en una situación tan desfavorable para el trato social. Quién no haya generado y trabajado los vínculos mediante canales de comunicación, formales o informales, y sobretodo canales de comunicación alternativos a los virtuales, para detectar necesidades de la comunidad, difícilmente lo hará ahora. No es, en todo caso, imposible; como se ha visto con la proliferación de redes de apoyo mutuo. Cómo mínimo, la biblioteca pública puede empezar a cuestionarse y plantearse qué relación quiere generar con su comunidad, y dónde se sitúa, cuándo todo esto pase.


[1] Giorgio Agamben. ‘La invención de una epidemia’, en: Sopa de Whuan, ASPO, 2020

[2] Pier Paolo Pasolini, en su última entrevista grabada en vídeo:

Las bibliotecas públicas y la pandemia del Covid-19. Una reflexión crítica

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